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El impacto de las heridas de la infancia en la edad adulta 

En los procesos de psicología los psicólogos solemos dar mucha importancia a la infancia. Es la etapa donde se establecen las bases de la personalidad. Las experiencias que vivimos durante la infancia moldan nuestra personalidad, nuestras relaciones y nuestra salud mental en la edad adulta. Como niños experimentamos adversidades en el crecimiento, las heridas emocionales pueden tener un impacto significativo en la edad adulta si no se abordan. Estas experiencias dejan cicatrices que perduran en la edad adulta.  

Las “heridas de la infancia” son heridas emocionales que se producen en la infancia a causa de vivencias negativas en un momento en el que el niño no tiene los recursos ni la madurez emocional para poder integrar el suceso. Estas heridas pueden convertirse en un gran problema en la edad adulta, hasta el punto de dificultar el desarrollo de la persona, sus relaciones afectivas o la capacidad para hacer frente a los sucesos adversos.  

Las heridas emocionales que afectan el desarrollo emocional son cinco y cada una de ellas presenta sus peculiaridades en la edad adulta.  

Empecemos por la herida de abandono, se desarrolla cuando ha habido carencias de amor, protección, cuidado y apoyo durante la infancia. En la edad adulta pueden presentar un miedo significativo a la soledad y abandono, esto puede conducir a patrones de dependencia en las relaciones con una búsqueda constante de aprobación externo o, por lo contrario, a la hiper independencia con distanciamiento por dificultades para confiar en los demás.   

Continuando con la herida de rechazo, se da cuando el niño sufre experiencias donde no ha habido aceptación por parte de las figuras de apego. Esta percepción puede darse a partir de una experiencia clara de rechazo, como también a partir de experiencias que fueron interpretadas. Esta herida hace creer a la persona que no es digno de ser querido. Puede verse en adultos como una persona con baja autoestima, constante infravaloración lo cual provoca una alta búsqueda y necesidad de reconocimiento externo. Desde los descuentos que hacen de sí mismos buscan la perfección con el objetivo de no equivocarse y así no recibir la crítica. Son personas con un alto nivel de complacencia lo cual las aleja de evitar recibir desagrado por parte del entorno.  

Otra cicatriz es la llamada herida de humillación, esta se produce cuando los cuidadores envían mensajes constantes de que el niño no hace lo suficiente, es malo o que existe algo en el que no es aceptable. En la edad adulta son personas con dificultades para reconocer sus virtudes, anteponen las necesidades de los demás por encima de las suyas con el objetivo de recibir su afecto. Suelen presentar dificultades de autocuidado debido a los mensajes recibidos de menosprecio en la infancia. El adulto no ha desarrollado una mirada de aprobación hacía si mismo que no le permite conectar con sus necesidades físicas y emocionales.  

Relacionada con la anterior, la herida de traición se desarrolla cuando el niño experimenta la ruptura de la confianza en una relación significativa. En la edad adulta puede generar desconfianza en los demás, miedo a establecer vínculos de intimidad emocional y una tendencia a establecer una barrera que nos proteja de ser traicionados nuevamente.  

Por último, hablaremos de la herida de injusticia. Ocurre cuando en la infancia sentimos que hemos sido tratados de manera injusta. Los niños con esta herida suelen haber tenido cuidadores fríos, exigentes y autoritarios. El niño recibe afecto a partir de sus logros por lo que el foco está en las actuaciones para recibir amor. En la edad adulta son personas con un patrón de pensamiento rígido por el miedo que genera perder el control. Suelen ser adultos con caracteres obsesivos, con dificultades para pedir ayuda.  

Sanar las heridas emocionales de la infancia requiere en primera instancia tomar consciencia de nuestra infancia y el papel que han tenido nuestras figuras de apego, así como el vínculo con estos. Podemos sanar cuando nos permitimos sentir y experimentar esas emociones que nos vinculan con la infancia, comprender el entorno en el que nos desarrollamos y entender su vinculación con el presente.   

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